La Naturaleza Te Necesita All articles
Ciencia y Sociedad

Bajo la tierra, un internet vivo: cómo los hongos mantienen en pie a los bosques del mundo

La Naturaleza Te Necesita
Bajo la tierra, un internet vivo: cómo los hongos mantienen en pie a los bosques del mundo

Photo: AndyScott, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Si pudiéramos hacer transparente el suelo de cualquier bosque maduro —el hayedo cantábrico, la selva amazónica, los pinos de la sierra mexicana— encontraríamos algo que desafía nuestra intuición sobre dónde reside la vida. No arriba, entre copas y cantos de pájaros, sino abajo: una malla de hilos blanquecinos más fina que el cabello humano, extendiéndose durante kilómetros en todas las direcciones, fusionada con millones de raíces, transportando azúcares, agua y señales químicas entre organismos que nunca se tocarían de otro modo. Es la red micorrícica, y durante demasiado tiempo la hemos pisado sin saberlo.

La ciencia lleva décadas documentando esta simbiosis entre hongos y plantas, pero ha sido en los últimos años cuando la investigación ha revelado la verdadera dimensión de su importancia. Hoy sabemos que más del 90 % de las especies vegetales terrestres mantienen alguna forma de asociación micorrícica. Dicho de otro modo: la mayor parte de la vegetación del planeta depende, en alguna medida, de estos organismos para sobrevivir.

Una alianza de 500 millones de años

La historia de las micorrizas es, en realidad, la historia de cómo las plantas conquistaron la tierra firme. Los registros fósiles sugieren que esta asociación tiene más de 450 millones de años de antigüedad, y algunos investigadores sostienen que sin ella las plantas terrestres jamás habrían logrado establecerse fuera del agua. El trato es sencillo en apariencia: el hongo coloniza las raíces del vegetal y extiende su red de hifas —esos filamentos microscópicos— mucho más allá de lo que la planta podría alcanzar por sí sola. A cambio, recibe los carbohidratos que la planta fabrica mediante la fotosíntesis.

Pero la sofisticación del intercambio va mucho más lejos. Las hifas fúngicas pueden absorber fósforo, nitrógeno, zinc y otros minerales esenciales desde partículas de suelo inaccesibles para las raíces convencionales. En ecosistemas con suelos pobres —como los tropicales, donde los nutrientes se concentran en la biomasa viva y no en la tierra— esta capacidad no es un lujo: es la diferencia entre prosperar y morir.

El bosque habla, y los hongos traducen

Uno de los hallazgos más perturbadores —y más hermosos— de la ecología reciente es que estas redes no solo transportan nutrientes, sino también información. Estudios pioneros realizados por la investigadora canadiense Suzanne Simard demostraron que los árboles adultos de un bosque pueden enviar carbono a través de la red micorrícica hacia plantones jóvenes situados en zonas de sombra, favoreciendo su supervivencia. Los medios de comunicación popularizaron el concepto con el nombre de «árbol madre», y aunque la metáfora simplifica una realidad más compleja, capta algo esencialmente verdadero: el bosque maduro actúa como una comunidad interdependiente, no como una suma de individuos en competencia.

Además, cuando una planta sufre el ataque de un insecto o un patógeno, puede liberar señales químicas que viajan por la red fúngica y preparan a sus vecinas para la amenaza. Es una forma de inmunidad colectiva, distribuida bajo tierra, que ningún árbol podría desarrollar en aislamiento.

El carbono que no vemos

En el contexto de la crisis climática, las micorrizas adquieren una dimensión adicional que urge estudiar con mayor profundidad. Los hongos del suelo, y en particular los micorrícicos, son responsables de almacenar una fracción significativa del carbono que las plantas capturan de la atmósfera. Cuando un árbol muere o pierde hojas, parte de ese carbono regresa al aire; pero el que circula por las redes fúngicas puede quedar fijado en el suelo durante periodos mucho más largos, contribuyendo a lo que los científicos denominan secuestro de carbono edáfico.

Un estudio publicado en la revista Current Biology en 2023 estimó que las redes micorrícicas podrían estar almacenando hasta 13 000 millones de toneladas de dióxido de carbono al año a nivel global —una cifra comparable a las emisiones anuales de combustibles fósiles de países enteros. Si esa estimación se confirma con investigaciones posteriores, la protección de estas comunidades fúngicas pasaría a ser una prioridad climática de primer orden, equiparable a la conservación de los bosques en pie.

Las amenazas que no se ven en los titulares

El problema es que las micorrizas son invisibles, y lo que no se ve rara vez genera alarma social. Sin embargo, las amenazas que enfrentan son muy concretas. La deforestación destruye de forma inmediata las redes establecidas durante siglos, y la reforestación con especies exóticas o monocultivos de crecimiento rápido no las restaura: los hongos micorrícicos son en gran medida específicos de sus huéspedes vegetales, y una plantación de eucaliptos donde antes había un bosque mixto mediterráneo no alberga la misma diversidad fúngica ni cumple las mismas funciones ecológicas.

La agricultura industrial representa otra amenaza sistémica. El uso intensivo de fertilizantes sintéticos, especialmente los fosfatados, reduce el incentivo químico que lleva a las plantas a asociarse con hongos: cuando el fósforo abunda en el suelo, las raíces no necesitan a sus socios fúngicos, y la red se empobrece. Los fungicidas agrícolas, por su parte, pueden eliminar indiscriminadamente comunidades fúngicas beneficiosas junto con las patógenas. Y la compactación del suelo por maquinaria pesada destruye físicamente las hifas, que son extraordinariamente frágiles.

Lo que España y Latinoamérica pueden hacer

En España, el Centro de Investigaciones Forestales (CIFOR-INIA) lleva años estudiando la diversidad micorrícica en ecosistemas mediterráneos y su relación con la resiliencia ante la sequía —un problema cada vez más acuciante en la península ibérica. Algunos viveros forestales ya inoculan plantas con hongos micorrícicos seleccionados antes de plantarlas, mejorando significativamente sus tasas de supervivencia en repoblaciones.

En Latinoamérica, comunidades indígenas de México, Guatemala y la región andina han preservado prácticas agrícolas tradicionales —como la milpa o la asociación de cultivos— que, sin nombrarlo así, favorecen la diversidad micorrícica del suelo. La etnobotánica y la agroecología están documentando este conocimiento con urgencia, conscientes de que su pérdida sería irreversible.

Organizaciones como la Society for Ecological Restoration están incorporando la restauración de comunidades fúngicas del suelo como criterio de éxito en sus proyectos, superando el modelo simplista de «plantar árboles y esperar». Restaurar un ecosistema sin atender a lo que ocurre bajo tierra es, como han señalado varios investigadores, construir una casa sin cimientos.

Aprender a mirar hacia abajo

La naturaleza nos necesita —y necesita que la comprendamos en toda su complejidad, incluida la que no podemos ver a simple vista. Las micorrizas nos recuerdan que los ecosistemas no son colecciones de organismos individuales, sino redes de relaciones; que la salud de un bosque depende tanto de lo que ocurre bajo el suelo como de lo que se observa sobre él; y que destruir sin conocer tiene un coste que tarde o temprano presentará su factura.

Cada vez que un bosque es talado, cada vez que un suelo agrícola es tratado como un mero soporte inerte para los cultivos, estamos desconectando nodos de una red cuya complejidad apenas empezamos a cartografiar. Proteger esa red no es solo una cuestión científica: es una responsabilidad colectiva que comienza por entender que la vida, en su mayor parte, transcurre invisible, paciente y fundamental, a nuestros pies.

All Articles

Related Articles

Ingeniería contra la marea: las tecnologías que están devolviendo la vida a nuestros océanos

Ingeniería contra la marea: las tecnologías que están devolviendo la vida a nuestros océanos

De la basura al recurso: cómo el emprendimiento latinoamericano está reescribiendo el destino del plástico marino

De la basura al recurso: cómo el emprendimiento latinoamericano está reescribiendo el destino del plástico marino

La revolución silenciosa de los guardianes de semillas: cómo agricultores indígenas y comunidades rurales desafían el monocultivo global

La revolución silenciosa de los guardianes de semillas: cómo agricultores indígenas y comunidades rurales desafían el monocultivo global