En las profundidades del olvido: los corales de aguas frías que sostienen un universo invisible
Hay mundos que existen sin que nadie los haya visto jamás. Mundos que no necesitan del sol para florecer, que no aparecen en los documentales más populares ni en las fotografías que circulan en redes sociales. Son mundos que viven en la oscuridad absoluta, bajo una presión que aplastaría cualquier estructura humana, a temperaturas que rondan los dos o tres grados centígrados. Y, sin embargo, están llenos de vida.
Los corales de aguas profundas —también conocidos como corales de aguas frías— son uno de los secretos mejor guardados del planeta. Distribuidos por los fondos oceánicos de todos los mares del mundo, desde el Mediterráneo hasta el Pacífico sur, estos organismos construyen estructuras tridimensionales de una complejidad extraordinaria que sirven de refugio, zona de cría y fuente de alimento para cientos de especies. Algunos de estos arrecifes tienen más de diez mil años de antigüedad. Son, en muchos sentidos, archivos vivos de la historia de la Tierra.
Una vida sin luz: cómo sobreviven donde todo parece imposible
A diferencia de sus primos tropicales, los corales de aguas profundas no dependen de la fotosíntesis para alimentarse. No albergan en sus tejidos las algas simbióticas —conocidas como zooxantelas— que dan color y energía a los arrecifes superficiales. En su lugar, han desarrollado una estrategia radicalmente distinta: capturar partículas orgánicas que descienden lentamente desde las capas superiores del océano, lo que los científicos denominan «lluvia marina».
Esta independencia de la luz solar les ha permitido colonizar prácticamente cualquier latitud y profundidad. Se han encontrado colonias de Lophelia pertusa, una de las especies más estudiadas, desde los doscientos hasta los tres mil metros de profundidad. En España, el Banco de Galicia y el Cañón de Avilés en el mar Cantábrico albergan algunas de las formaciones más relevantes del Atlántico europeo, objeto de estudio por parte de investigadores del Instituto Español de Oceanografía.
Lo que resulta aún más sorprendente es la velocidad a la que crecen, o más bien la lentitud. Muchas colonias avanzan apenas un milímetro por año. Eso significa que un arrecife de varios metros de altura puede representar milenios de crecimiento acumulado. Una vez destruido, no hay restauración posible en ninguna escala de tiempo humana.
El abismo como refugio: biodiversidad en la oscuridad
Los ecosistemas que generan estos corales son, proporcionalmente, tan ricos en biodiversidad como los arrecifes tropicales. Peces de profundidad, crustáceos, esponjas, equinodermos, moluscos y gusanos poliquetos encuentran en sus ramificaciones un hábitat estructurado que no existe en el llano fondo oceánico. Algunas especies de peces comercialmente importantes —como el besugo o el gallineta del norte— utilizan estos arrecifes como zonas de reproducción y crianza.
Además, la ciencia ha comenzado a documentar en estos entornos compuestos químicos de gran interés farmacológico. Organismos que han evolucionado durante millones de años en condiciones extremas han desarrollado moléculas con propiedades antivirales, antiinflamatorias y anticancerígenas. Destruir estos ecosistemas antes de haberlos estudiado sería, en palabras de la bióloga marina Covadonga Orejas, del CSIC, «como quemar una biblioteca que todavía no hemos leído».
Las amenazas que llegan desde arriba
Durante siglos, la profundidad fue la mejor protección para estos ecosistemas. Ninguna actividad humana alcanzaba esas cotas. Pero eso ha cambiado de forma drástica en las últimas décadas.
La primera gran amenaza llegó con la pesca de arrastre de profundidad. Las redes que rastrean el fondo marino no distinguen entre sustrato vacío y arrecife coralino. En el Mediterráneo occidental y el Atlántico norte, estudios publicados en revistas como Deep-Sea Research han documentado la destrucción masiva de colonias de Lophelia y Madrepora por esta práctica. La Unión Europea ha establecido algunas restricciones, pero su aplicación sigue siendo insuficiente y su supervisión, limitada.
La segunda amenaza, y quizá la más urgente, es la minería de fondos marinos. Las grandes profundidades oceánicas contienen nódulos polimetálicos ricos en manganeso, cobalto, níquel y litio —minerales esenciales para la fabricación de baterías y tecnologías de transición energética—. La paradoja es demoledora: la misma urgencia por descarbonizar la economía está generando una nueva presión extractiva sobre ecosistemas que tardan milenios en formarse.
Organizaciones como la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (AIFM) han concedido decenas de licencias de exploración en zonas del Pacífico, el Atlántico y el Índico. Aunque la extracción comercial aún no ha comenzado de forma generalizada, la mera exploración —con sus vehículos submarinos, sus pruebas de sedimentos y sus columnas de partículas en suspensión— ya genera daños documentados en los ecosistemas circundantes.
El cambio climático añade una capa adicional de vulnerabilidad. La acidificación oceánica, consecuencia directa de la absorción de CO₂ por los mares, disuelve el carbonato cálcico que compone los esqueletos coralinos. Los modelos proyectan que, si las emisiones continúan al ritmo actual, las aguas profundas del Atlántico norte serán corrosivas para estos organismos antes de finales de siglo.
Lo que no conocemos no podemos proteger
Una de las dificultades más profundas en la conservación de estos ecosistemas es, paradójicamente, su desconocimiento. Se estima que menos del veinte por ciento de los fondos oceánicos ha sido cartografiado con suficiente resolución para detectar formaciones coralinas. Lo que significa que podríamos estar destruyendo ecosistemas que ni siquiera sabemos que existen.
En los últimos años, la tecnología ha comenzado a acortar esa brecha. Los vehículos operados de forma remota —los llamados ROV, por sus siglas en inglés— permiten explorar profundidades antes inaccesibles con cámaras de alta definición e instrumentos de recolección de muestras. Expediciones como las del buque oceanográfico Sarmiento de Gamboa, operado por el CSIC, han revelado en aguas españolas y atlánticas formaciones de una riqueza inesperada.
Pero la exploración científica avanza mucho más lentamente que la industria extractiva. Y aquí reside el nudo del problema: las decisiones sobre explotación se toman con datos insuficientes, bajo presiones económicas enormes y con marcos regulatorios que no estaban diseñados para proteger lo que apenas conocemos.
Defender lo invisible: una responsabilidad colectiva
La naturaleza nos necesita incluso cuando no podemos verla. Especialmente cuando no podemos verla. Los corales de aguas profundas no generan titulares, no protagonizan campañas virales y difícilmente aparecerán en el escaparate de ninguna ONG. Pero su función en el equilibrio de los ecosistemas marinos, en el ciclo del carbono y en el patrimonio evolutivo del planeta es inconmensurable.
Protegerlos exige varias acciones concretas: ampliar las zonas marinas protegidas a profundidades significativas, establecer una moratoria preventiva sobre la minería de fondos marinos hasta contar con estudios de impacto rigurosos, y financiar la investigación oceanográfica con la misma urgencia con que se financian las tecnologías de extracción.
España, como potencia marítima con soberanía sobre zonas económicas exclusivas en el Atlántico y el Mediterráneo, tiene una responsabilidad particular en este asunto. Y la ciudadanía española, como parte de una sociedad que consume los minerales que se extraen de esos fondos, también.
El abismo no es un vacío. Es un archivo. Y como todo archivo irreemplazable, merece ser custodido con la misma determinación con que custodiaríamos cualquier otro bien común de la humanidad.